Por Gisselle Rodríguez López, Geriatra
A los 70 años, Don Jorge ya no tenía fuerzas. Se sentía cansado, solo y lleno de recuerdos. Esperaba que su hijo, un hombre exitoso, al que siempre cuidó con amor, lo buscara o al menos le ofreciera compañía. Pero los días pasaban… y no venía. Así que, por primera vez en su vida, decidió pedir ayuda.
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Fue hasta la casa de su hijo y tocó la puerta
—¡Papá! ¡Qué milagro verte por aquí! —dijo el hijo, sorprendido.
—Hijo, no me gusta molestar, tú lo sabes… pero me siento solo…
—Papá, esta también es tu casa, claro que sí.
—Gracias. Quería preguntarte algo… ¿te molestaría si me quedo a vivir aquí? Solo un tiempo. Quiero compartir con la familia y allá en casa me siento muy solo, siento miedo.
El hijo dudó un momento
—¿Vivir aquí? Pues sí… aunque no sé si estarías cómodo. La casa es pequeña, mi esposa es algo especial… y con los niños… ya sabes que es complicado.
—Si es mucha molestia, no te preocupes. Alguien más me ayudará, estoy seguro.
—No, no es eso, solo que… no sé dónde podrías dormir. No puedo sacar a los niños de su cuarto… pero puedes quedarte, solo si no te molesta dormir en el patio.
—Dormir en el patio está bien —dijo Don Jorge, con una voz suave.
El hijo llamó a su hijo Luis
—Hijo, el abuelo se quedará con nosotros. Tráele una manta para la noche.
Luis fue, tomó una cobija y unas tijeras. La cortó por la mitad. Su padre lo vio y le preguntó:
—¿Qué haces? ¿Por qué cortas la manta del abuelo?
Luis lo miró serio y dijo:
—Estoy guardando la otra mitad… para cuando tú seas viejito y vengas a vivir a mi casa.
Esa respuesta se le clavó al hijo como una daga en el corazón.
Jamás olvides que….
Las acciones enseñan más que las palabras. Un hijo observa, aprende y repite. Lo que hoy se hace con los padres, mañana puede reflejarse en cómo se es tratado al envejecer. Por algo dicen que «El ejemplo no es la mejor manera de enseñar, es la única».
Un anciano no es una carga, es una persona llena de experiencia que, en el caso del señor de la historia, fue un padre ejemplar, y no merecía la ingratitud de su hijo.
Además, quien trata con indiferencia a quien lo creó, está sembrando soledad en su propio futuro.
