Por Denisse Angélica Gallegos Chapol
Las noticias llegan de Ciudad de México, donde los activistas Gisselle Rodríguez López, Norma del Socorro Álvarez Ledesma, Ramón Pretelin Escalera, acompañaron a Elisa Bonilla, Héctor Moreno, Rodolfo Álvarez Riveroll, Elisa Sixtega Antele, Frida Espinosa, Venancio Vidal Huan Mex tomaron la decisión y el impulso de cuatro intensos días de acción.
Yo no pude estar ahí en persona, pero cada actualización y cada misión trae la misma verdad: cuando los pasillos del poder cierran sus puertas, las calles se convierten en el micrófono del pueblo.
Y eso fue exactamente lo que pasó en México. Esto te va a gustar: hace tres días, la Conferencia Regional sobre la Mujer de la ONU (organizada por CEPAL) abrió con pompa y promesas de “igualdad”.
¿La realidad? Era un espectáculo guionizado. Cualquiera que cuestionara el aborto libre, la prostitución como “trabajo” o la maternidad subrogada comercial como medio para “formar una familia” fue educada y firmemente invitado a salir.
Y nosotros no fuimos la excepción. Te cerraron a ti, a mí, y a miles de mujeres como nosotras, la puerta en la cara.
Vi a guardias de seguridad quitarles las acreditaciones a delegadas que se atrevieron a mencionar la explotación.
Las puertas se cerraron a cualquier voz que se atreviera a cuestionar su agenda ideológica. No hubo debate. No hubo diversidad de opiniones. Incluso a grupos feministas radicales que no estaban de acuerdo con la línea de la ONU se les negó la entrada.
Dentro de las salas, el lenguaje sonaba bonito: “salud sexual y reproductiva”, “trabajo sexual regulado”, “políticas de género inclusivas”.
Pero detrás de esos términos: aborto libre, legalización de la prostitución, maternidad subrogada comercial y trata de personas regulada por el Estado.
La hipocresía colgaba más espesa que el calor de agosto. “Representamos a todas las mujeres”, proclamaban, mientras silenciaban a miles cuyas vidas no encajan en su agenda ideológica globalista.
Así que hicimos lo nuestro: construimos nuestro propio escenario. Impulsados por las decenas de miles de firmas en CitizenGO que mantienen viva esta campaña, organizamos un panel paralelo a pocas cuadras del lugar oficial: María Herrera fue la primera en hablar. Esta valiente madre busca a sus cuatro hijos desaparecidos. Sostuvo el micrófono y dijo: “¿Cómo pueden hablar de derechos de las mujeres mientras ignoran el derecho de una madre a encontrar a sus hijos?”
La sala quedó en silencio y luego estalló en aplausos. Después vino Lianna Rebolledo. Violada a los doce años y a quien solo se le ofreció un aborto, eligió la vida para su niña. “Lo llaman ‘cuidado’”, dijo, “pero un verdadero cuidado habría encarcelado a mi agresor, no matado a mi hija”.
Sus palabras cortaron el aire. Finalmente, Alison González, una joven madre y activista apasionada, pintó la amenaza más amplia: hombres extranjeros comprando vientres latinoamericanos, gobiernos redactando leyes para regular la prostitución, bebés reducidos a mercancía. “Esto no es progreso”, gritó, “es un mercado de esclavos del siglo XXI”.
Sus historias golpearon como un trueno. Y cuando el panel terminó, la energía se volcó a las calles. Cientos marchamos hasta el Ángel de la Independencia, gritando “La dignidad no se negocia”.
La energía fue contagiosa: transeúntes se detuvieron, grabaron y se unieron. Por una ardiente tarde, estas voces olvidadas fueron imposibles de ignorar.
Pero eso fue solo el comienzo. Los globalistas de la CEPAL pensaron que una marcha y unas cuantas vallas publicitarias nos agotarían, que nuestra protesta se desvanecería y aceptaríamos en silencio la derrota.
Jamás imaginaron que mantendríamos la presión durante los cuatro días de la cumbre. Cada mañana, nuestras tres camionetas azul brillante llegaban a su posición con los motores rugiendo como advertencia frente a las puertas de la conferencia.
Cuando comenzaban las ceremonias de la ONU, tres camionetas azul brillante, con el lema: “CEPAL: BASTA DE COLONIZACIÓN IDEOLÓGICA”, empezaban a dar vueltas alrededor de la zona de la conferencia, el Zócalo y la Avenida Reforma.
Los conductores tocaban bocina, los peatones tomaban fotos, los periodistas nos seguían y de pronto la conferencia ya no podía fingir que no estábamos ahí.
Cuatro días sin parar. Cada panel, cada pausa para café, cada llegada, ahí estábamos, convirtiendo la acera en el verdadero foro de los derechos reales de las mujeres.
No nos movimos de la puerta principal, tambores retumbando, voces alzándose, volantes en cada mano, asegurando que cada delegado supiera que somos las mismas mujeres que la ONU dice representar y que nos dejaron en la acera.
Nos mantuvimos firmes con un mensaje claro: la maternidad subrogada vendida como “amor”, la prostitución como “libertad”, el aborto como “salud” no son valores latinoamericanos.
Son una industria multimillonaria buscando nuevos mercados. Si guardamos silencio, nuestros gobiernos venderán los cuerpos de las mujeres y la soberanía de nuestras naciones sin una sola voz disidente dentro de la sala.
Pero afuera… ese es nuestro terreno. Y acabamos de demostrar que resuena más fuerte. Ha sido agotador. Hemos combatido la burocracia de día y redactado declaraciones de noche.
Pero cada hora de sueño perdida vale la pena, porque ya vemos grietas en la fachada. La presión funciona, y eso es solo gracias a ti.
Gracias a ti, madres como María, sobrevivientes como Lianna y jóvenes líderes como Alison fueron escuchadas esta semana.
Gracias a ti, la narrativa cambió de ideología a dignidad humana. Y gracias a tus acciones, ninguna conferencia futura se atreverá a cerrar sus puertas sin esperar que el mundo afuera responda. Gracias por estar donde la ONU no quiso. ¡Gracias por todo lo que haces!
