Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA
Me tocaron esos padres que no sabían de lujos… pero sí sabían de amor.
No me crecí entre juguetes caros, viajes lejanos o ropa de marca.
Crecí viendo cómo el pan se ganaba con sudor, cómo el café se compartía entre risas y cómo el respeto era más valioso que cualquier moneda.
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Me tocaron esos padres que se levantaban antes de que saliera el sol, con los pies hinchados pero la mirada firme.
Esos que trabajaban todo el día y aún así preguntaban: —“¿Cómo te fue en la escuela?”
Esos que no sabían de redes sociales, pero sí sabían darte un consejo que se te clavaba en el alma.
Que no conocían frases de psicología moderna,
pero tenían un instinto natural para enseñar con el ejemplo.
Nunca me dieron todo lo que yo quería
Pero siempre, siempre, me dieron lo que más necesitaba: amor, dirección, seguridad, principios.
Me tocaron esos padres que, en vez de regalarme un camino fácil,
me enseñaron a caminar con los pies firmes.
Que no me ofrecieron una vida perfecta, pero me prepararon para enfrentar la vida con dignidad.
Hoy los veo con arrugas y canas…
con menos fuerza en las manos, pero con más sabiduría en la voz.
Y entiendo que no me faltó nada.
Porque crecí con lo más valioso: su ejemplo.
Gracias, mamá. Gracias,
Por enseñarme a luchar.
Por enseñarme a agradecer.
Y por dejarme la herencia más valiosa de todas: la de ser una buena persona.
En vivo, Santa Misa, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, Ciudad de México:
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