Redacción/PERIÓDICO SAGRADA FAMILIA
Cancún, Quintana Roo.— El tema principal de la Palabra de Dios se enfoca en el sentido y alcance de los Mandamientos, indicó Monseñor Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, L. C., en la Catedral de la Santa Cruz y Santísima Trinidad en Cancún.
En la Antigua Alianza que no sólo sirvieron en sentido social para resolver problemas de la vida cotidiana, sino que, constituyó la Torâh, o “Instrucción santa” y “Ley divina”, entendidos en el sentido teológico, como revelación de Dios, a través de mediadores, y signos de la alianza pactada con Él, continuó.
Para el Libro del Deuteronomio, los Mandamientos, que Dios pone al alcance de la capacidad humana, en la boca y corazón, dentro y fuera del ser humano, deben ser guardados y respetados porque son expresión de su voluntad divina. Guardar y cumplir equivale a escuchar la voz del Señor para convertirse a Él, “con todo el corazón y con toda el alma” (Dt 30, 10).
Aseveró que en tiempos de Jesús se hablaba de 613 mandamientos, entre “pesados” y “ligeros”, pero se exigía el cumplimiento de todos y cada uno de ellos. Algunos maestros, como Rabí Shammay, se oponían a reconocer un precepto mayor, pues temían que fuera en detrimento de los restantes; en cambio otros, como Rabí Hillel, no tenían problema al respecto.
Mientras que el Evangelio de San Lucas (Lc 10, 25-37) refiere que un maestro de la ley se acerca a Jesús, mientras va de camino a Jerusalén, para preguntar: “¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” (Lc 10, 25). Llama la atención que no se trata de una persona de un gentil que busca convertirse, sino precisamente de un maestro de la ley. Se percibe su mala intención.
Explicó que, Jesús no responde directamente a la pregunta del letrado. Más bien se la revierte con otras dos: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” (Lc 10, 26). El maestro de la ley responde con el Shema (Dt 6, 4-9): la confesión de un solo Dios, al que hay que amar por encima de todo. “Corazón, alma y fuerzas” expresan las potencialidades humanas. El amor a Dios abarca la persona completa e integral.
Le Llama la atención que el maestro de la ley añada al Shema un precepto proveniente de Lv 19, 18, sobre el amor al prójimo, equiparándolo a los del Decálogo.
Esto resulta extraño. En general los israelitas tenían la firme convicción de que el amor a Dios, como reza el Shema, era lo más importante. No pensaban que el “Precepto” por excelencia se pudiera equiparar a ningún otro. Con el tiempo, algunos maestros, quizás por influencia del cristianismo, exaltaron a Lv 19, 18, como Rabí Hillel, que propuso la “regla de oro” como resumen de toda la Ley.
Entonces el maestro de la ley, para “justificarse”, es decir, para no evidenciar lo capcioso de su pregunta, formula otra, acerca de la identidad del “prójimo”. Ciertamente no había acuerdo en este punto. El “prójimo” podía ser alguien de la propia familia, de la misma tribu o cualquiera del pueblo judío. Jesús no responde con teorías, sino que con una parábola ilustra muy bien quién es el prójimo y concluye en una enseñanza bastante clara.
La parábola trata de un desconocido, asaltado en el camino, herido y dejado medio muerto, una persona en necesidad extrema y apremiante urgencia de ayuda. Junto a él pasan dos personajes relevantes en la sociedad y religión de Israel. No es fortuito que sean un sacerdote y un levita, ni que vayan a Jerusalén para ejercer culto en el Templo. La parábola denuncia y desenmascara la religión legalista que se ocupa más de normas de pureza ritual (Lv 5, 2; Núm 19, 11) que, de lo más importante, la caridad con el prójimo. La figura del samaritano es impactante, pues era un despreciado por los judíos, por cuestiones históricas. Eclo 50, 26 se refiere a Samaria como “pueblo necio que habita en Siquem”. Sus habitantes eran indeseables. Sin embargo, resulta paradójico que sea precisamente uno de ellos quien se compadezca del herido. La expresión literal: el samaritano “lo vio y se conmovió”, es decir, “las entrañas se le agitaron” (Lc 10, 33) indica la reacción ante los sufrimientos del hombre caído. Además de curar y vendar sus heridas, lo llevó a un lugar seguro, cuidó de él y se hizo cargo de sus necesidades, a pesar de no conocerlo. Ésta es la actitud del auténtico prójimo. La parábola es un recurso literario, un relato que se construye con imágenes. Sin pretender narrar un hecho histórico propiamente tal, lo es en el sentido de que narra algo que acontece en la historia humana. Jesús es ese “buen samaritano” lleno de compasión hacia nosotros: nos levanta de nuestras caídas, cura nuestras heridas, nos cuida, nunca nos abandona, pero también nos enseña a ser compasivos con quienes nos necesitan.
Aclaró que los discípulos misioneros de Cristo se alimenta con la Palabra y la Eucaristía, para aprender el estilo de vida de Jesús. Si un maestro de la ley fue invitado a imitar al samaritano de la parábola, con cuanta mayor razón nosotros que, desde el bautismo, como dice San Pablo en su Carta a los Colosenses, hemos recibido la vida nueva de aquel “en quien habita toda plenitud” (Col 1, 19), estamos llamados a seguir ese ejemplo. Aprendamos a imitar a quien siendo “Imagen de Dios invisible y primogénito de toda la creación” (Col 1, 15), decidió hacerse “Buen Samaritano”, para levantarnos de nuestras caídas y curar nuestras heridas. En este Año Jubilar 2025 tener presente este mandato que Jesús hace al maestro de la Ley: “Anda y haz tú lo mismo”, debe resonar con eco en nuestros oídos. Ese “Anda y haz tú lo mismo” se refiere a la actuación que tuvo el samaritano con el hombre asaltado y apaleado, es decir, actuar con misericordia, poniendo corazón y buen hacer en los asuntos que se nos presenten cada día. Para actuar con misericordia es fundamental tener humildad para entender y aceptar lo que Jesús nos pide. Tal vez tú y yo también, en algún momento de nuestra vida, fuimos ese hombre herido en el camino. Tal vez alguien se hizo nuestro prójimo y nos devolvió la esperanza. ¿Y ahora qué? Ahora nos toca a nosotros hacer los mismo con nuestro prójimo necesitado. La vida eterna comienza cuando dejamos de teorizar sobre Dios y empezamos a amar como Él. No esperemos más señales. No digamos que no podemos. Como dice la Escritura: “la Palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la practiques” (Dt 30, 14). Solo hace falta querer. ¿Queremos heredar la vida eterna? Hagámonos cercanos. Hagámonos prójimo. Hagámonos amor en acción. Entonces, la vida que ahora llevamos será ya una herencia de eternidad, concluyó
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