16 y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo.
18 La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo.
19 Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.
20 Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo.
21 Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.»
24 Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer.
Jesús, dijo de Juan el Bautista: “no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista. Y, añadió: “pero el más pequeño en el Reino de Dios, es mayor que él. Juan, vivía todavía en la Antigua Alianza que, es la promesa del Reino de Dios. Y, en cambio, los hijos del Reino, gozan ya de la posesión del mismo en la venida de Jesús a nuestro mundo.
Así, Juan el Bautista, no le resta nada a la dignidad y la grandeza de San José, este hombre justo a quien Dios confío sus dos grandes tesoros: María, su madre y Jesús, Hijo de Dios hecho Hombre. Cuando meditamos en lo que San José tenía de continuo entre sus manos, en su corazón y en su vida, no podemos menos de quedar extasiados porque él cumplió su misión, ¡la que Dios le encomendó!, con una fidelidad insobornable. Fue un obediente a Dios en todo lo que Él le insinuaba que era su voluntad. No se le ve en el Evangelio que dude o sea tardó en hacer lo que el ángel, de parte de Dios le dice.
José, es posible que, antes de conocer a María, tuviera sus sueños de joven y sus proyectos. Pero al entrar, mejor, ser introducido por Dios en sus planes y no en los de José, se percibe un proceso de enamoramiento y entrega a su esposa Virgen y al niño de sus entrañas, Jesús. Su vida, fue “una vida escondida con Cristo en Dios”, así, llenaba sus silencios de una contemplación de la grandeza de su pobre persona porque “Dios miró la humildad de su siervo y, por esto, todas las generaciones lo llamaran bienaventurado”, al igual que María de quién aprendió todo para ser fiel a Dios. Y, Dios, ¡lo bendijo con un amor de predilección y cariño!
¡Oh José, apúntanos en la escuela de tu enseñanza porque ¡en verdad fuiste maestro de vida, de servicio y de amor! ¡Mirándote, se nos caen muchos de nuestros planes de vida porque ni uno sólo puede compararse con el sólo gozo de acoger la voluntad de Dios sobre mí! ¡Porque, en verdad, Dios me creó y me pensó para “una tarea” en la construcción de su Reino!
Nos miramos también a nosotros y en muchos momentos no vemos claro lo que más puede agradar a Dios de mi vida. Y, es que, estos “misterios escondidos”, sólo nos serán revelados si oramos con perseverancia y una escucha muy cuidadosa del susurro del plan de Dios. Porque, Él, no nos grita o da voces, sino que, su Voz es suave y quedamente se va filtrando por los oídos espirituales en nuestro corazón. Y nos insinúa: “esto quiero de ti, esto me agrada que hagas, que pienses, que desees, que ores, quiero tu corazón y tu vida sin titubeos, sino con perfecto abandono”. Porque, ¿qué somos, qué tenemos y añoramos sin Dios?. El sólo depender de ÉI, es la fuente de la paz y la alegría de nuestra vida.
¡Seamos sencillos y humildes, silenciosos y atentos a sólo “toda Palabra que sale de la boca de Dios”, para mí! ¡Qué la intercesión poderosa de san José, “el mayor bendecido salido de mujer”, nos acompañe siempre en nuestro caminar! ¡Qué así lo haga tu Espíritu Santo! ¡Amen! ¡Amen!